Piratería
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Este artículo trata sobre la piratería marítima. Para otros
usos, véase Piratería (desambiguación).
Para otros usos de «pirata» o «piratas», véase Pirata
(desambiguación).
Jolly Roger de Calico Jack,1 tenida como representación
clásica y simbólica de la piratería.
La piratería es una práctica de saqueo organizado o
bandolerismo marítimo, probablemente tan antigua como la navegación misma.
Consiste en que una embarcación privada o una estatal amotinada ataca a otra en
aguas internacionales o en lugares no sometidos a la jurisdicción de ningún
Estado, con el propósito de robar su carga, exigir rescate por los pasajeros,
convertirlos en esclavos y muchas veces apoderarse de la nave misma. Su
definición según el Derecho Internacional puede encontrarse en el artículo 101
de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar.2
Junto con la actividad de los piratas que robaban por su
propia cuenta por su afán de lucro, cabe mencionar los corsarios, un marino
particular contratado que servía en naves privadas con patente de corso para
atacar naves de un país enemigo. La distinción entre pirata y corsario es
necesariamente parcial, pues corsarios como Francis Drake o la flota francesa
en la Batalla de la Isla Terceira fueron considerados vulgares piratas por las
autoridades españolas, ya que no existía una guerra declarada con sus naciones.
Sin embargo, el disponer de una patente de corso sí ofrecía ciertas garantías
de ser tratado como soldado de otro ejército y no como un simple ladrón y
asesino; al mismo tiempo acarreaba ciertas obligaciones.
Contenido [ocultar]
1 Etimología
2 Antigüedad
2.1 Grecia y Egipto
2.2 Roma
3 La Edad Media
3.1 Los vikingos
3.2 El Índico medieval
3.3 El Mediterráneo
3.4 Los vitalianos
4 Edad Moderna
4.1 Los corsarios berberiscos
4.2 Los corsarios cristianos
4.3 Los franceses descubren el oro de las Indias
4.4 El corso inglés
4.5 La piratería en el Caribe español
4.6 La decadencia de la piratería caribeña
5 Edad Contemporánea
5.1 Siglo XIX: las costas chilenas
5.2 Siglo XIX: piratería en Estados Unidos
5.3 Piratería en los siglos XX y XXI
6 Literatura y piratería
7 Piratas célebres
7.1 De ficción
8 Véase también
9 Referencias
10 Bibliografía
11 Enlaces externos
[editar]Etimología
Según algunos autores, la voz pirata viene del latín pirāta,
que por su parte procedería del griego πειρατης (peiratés) compuesta por πειρα,
-ας (peira), que significa 'prueba'; a su vez deriva del verbo πειραω
(peiraoo), que significa 'esforzarse', 'tratar de', 'intentar la fortuna en las
aventuras'.
Otros autores abogan porque proviene del griego pyros
('fuego'). El fundamento que se alega es que tras un acto típico de
amotinamiento en un barco, para eliminar cualquier tipo de pruebas y toda
posibilidad de buscar culpables finalmente se le prendía fuego, no sabiendo por
tanto quién había muerto en la trifulca y quién no, resultaba prácticamente
imposible encontrar algún culpable si se daba a todos por desaparecidos. Siendo
por tanto el término pirata equivalente a incendiario. En este sentido, el
término pirata fue usado con anterioridad como actos puntuales de amotinados y
saqueadores y no sólo referente al mar. Cuando esto era así aún no existían
piratas en el concepto que más tarde se implantó. Como suele suceder en todas
las épocas, una voz aplicada para denominar a un determinado colectivo, en base
a un determinado hecho, se acaba generalizando a un rango mayor y menos
específico y aplicando a todo saqueador en general, y más específicamente a los
saqueadores del mar (toda vez que existían múltiples voces para designar a los
«saqueadores de tierra»), quemara ya, o no, el barco. Cuando más adelante en el
tiempo los saqueadores se organizan surcando el mar y no necesariamente como
resultado de un amotinamiento, tienen la necesidad de reparar su propio barco
(dañado por los ataques o por lo embates del mar) y por supuesto de apropiarse
el ajeno. Sin embargo, el barco abandonado en la mayoría de los casos seguía
siendo incendiado.
A partir de entonces la voz ha sufrido muchos cambios,
perdiendo la exclusiva como sinónimo de incendiario. La voz pirata provenía
originariamente de la pirotecnia y de los inevitables accidentes asociados por
los artesanos que militar o civilmente ocurrían de cuando en cuando. No hay que
olvidar que la pirotecnia fue introducida en Occidente por los árabes en la
forma de fuegos artificiales y que esto tomaron en parte de Asia y en parte
remanente del esplendor romano. La voz no aparece antes de la invención de la
pólvora y es notable que durante los siglos en que duró la piratería de forma
«oficial», los progresos en pirotecnia quedaron estancados, siendo estos siglos
los XVI, XVII, XVIII y mediados del XIX. Lo que se supone es debido a que los
gobiernos monopolizaron la industria de la pólvora.
Al hablar de piratas, resulta más propio desde un punto
histórico hablar de más navíos que de barcos. No obstante, a fecha de hoy
usamos ambiguamente barco como sinónimo de casi cualquier embarcación.
Este término califica a las acciones llevadas a cabo por
personas en embarcaciones y, desde mediados del siglo XX, en aviones, para
retener por la fuerza a las tripulaciones y pasajeros, así como a los propios
transportes. Esta definición es dada por organismos como la ONU o la Real
Academia Española.3 Sin embargo, varios autores expertos en piratería, como el
alemán Wolfram Zu Mondfeld, amplían la piratería a aquellos ataques realizados
desde el mar contra buques y posiciones en tierra para robar o conquistar, pero
sin hacerlo en nombre de ningún Estado, al menos oficialmente.
Los términos filibustero y bucanero, más específicos, están
relacionados con la piratería en el Mar Caribe.
[editar]Antigüedad
Las zonas de mayor actividad de los piratas coincidían con
las de mayor tráfico de mercancías y de personas. Las primeras referencias
históricas sobre la piratería datan del siglo V a. C., en la llamada Costa de
los piratas, en el Golfo Pérsico. Su actividad se mantuvo durante toda la
Antigüedad. Otras zonas afectadas fueron el Mar Mediterráneo y el Mar de la
China Meridional.
[editar]Grecia y Egipto
Aunque los datos no son muy abundantes, por los mitos
sabemos que los griegos clásicos fueron buenos piratas. Uno de los más famosos
fue Jasón, quien guio a los Argonautas hasta La Cólquida en busca del Vellocino
de oro, lo que, aunque no entre en la definición española de piratería, para
algunos es, sin ningún género de dudas, un acto de piratería (personas que
vienen por mar para robar).1
También Ulises u Odiseo, según las traducciones griega o
latina, realizó varios actos de piratería en su regreso a Ítaca, como narra
Homero en la Odisea.
Con estos dos ejemplos podemos ver una constante que se
repetirá a lo largo de los siglos. Los piratas son, en muchas ocasiones,
considerados héroes nacionales en sus países, pese a practicar lo que en tierra
se llamaría robo y secuestro. Especialmente en una sociedad como la griega,
donde el oficio de las armas era reconocido y estimado, un motivo que llevaba a
glorificar, en lugar de denostar, actos como el citado de Jasón. Debe tenerse
en cuenta que el oficio de mercenario, si bien es verdad que es llevado a cabo
en tierra, no tenía connotaciones negativas como las tiene actualmente.4
Uno de los piratas griegos más famosos de los que sí se
tienen referencias fue Plutarco de Samos, quien en el siglo VI a. C. saqueó
toda Asia Menor en diferentes expediciones y llegó a reunir más de 100 barcos.5
También los egipcios consideraban piratas a los Pueblos del
Mar porque su principal expedición invasiva se dio por vía marítima y con la
finalidad de efectuar saqueos. Sin embargo, muchos otros autores no comparten
esta clasificación porque los Pueblos del Mar sólo fueron marineros en el
último momento de su historia.1
[editar]Roma
Trirreme romano en un mosaico tunecino.
En la época final de la República, los piratas en el
Mediterráneo llegaron a convertirse en un peligro, desde sus bases primero al
sur de Asia Menor en las montañosas costas de Cilicia y más tarde por todo el
Mediterráneo, puesto que impedían el comercio e interrumpían las líneas de
suministro de Roma.
A diferencia de siglos posteriores, los piratas de la
Antigüedad no buscaban tanto joyas y metales preciosos como personas. Las
sociedades de aquella época solían ser en su mayoría esclavistas, y la captura
de personas para ser vendidas como esclavos resultaba una práctica altamente
lucrativa.5 Pero también se buscaban piedras preciosas, metales preciosos,
esencias, telas, sal, tintes, vino y otros tipos de mercancías que solían
transportarse en los barcos mercantes, caso de los fenicios.6
Uno de los casos más conocidos de piratería contra las
líneas de navegación lo protagonizó Julio César, que llegó a ser prisionero de
los piratas cilicios (75 a. C.). Plutarco en Vidas paralelas cuenta que el jefe
cilicio estimaba el rescate en 20 talentos de oro, a lo que el joven César le
espetó: «¿Veinte? Si conocieras tu negocio, sabrías que valgo por lo menos 50».
El cautiverio duró 38 días, en los cuales el rehén amenazó a sus captores con
crucificarlos. Finalmente el rescate se pagó y el futuro cónsul de Roma fue
liberado. Pero César cumplió su amenaza, y cuando recobró la libertad organizó
una expedición, pagada con su propio dinero, durante la que apresó a sus
captores y los crucificó a todos.5
La piratería, sobre todo la perpetrada por piratas cilicios,
alcanzó niveles preocupantes para Roma hacia el final de la República. En el 67
a. C., el senado romano nombró a Pompeyo procónsul de los mares, lo que
significaba que se le otorgó el mando supremo del Mare Nostrum (el Mar
Mediterráneo) y de sus costas hasta 75 km mar adentro. Se le concedieron todos
los ejércitos que se encontrasen a las costas del Mediterráneo, contando así
con unos 150.000 efectivos, así como el derecho de tomar del tesoro la cantidad
que necesitase. Finalmente, se le proveyó con una flota bien pertrechada. En
diversas operaciones eliminó en cuarenta días a todos los piratas de Sicilia e
Italia y, tras el asedio y toma de Coracesion, a los piratas de Cilicia,
acabando así, en cuarenta y nueve días, con los piratas de la zona oriental del
Mediterráneo. Asimismo debe apuntarse que dichos piratas sólo presentaron la
resistencia imprescindible para poder solicitar una rendición honrosa.
[editar]La Edad Media
Artículos principales: Alta Edad Media y Baja Edad Media.
Siguiendo la división historiográfica clásica podemos
dividir a la Edad Media en Alta y Baja. En la primera, los piratas
protagonistas fueron los vikingos y los árabes; en la segunda, el centro de
atención se desplaza más hacia el Mediterráneo Oriental y la creciente
expansión del Islam.
[editar]Los vikingos
Artículo principal: Vikingo.
Rutas y años de la era vikinga.
Aunque este pueblo permaneció sumido en luchas internas
durante varios siglos, en 793 realizan el primer ataque en la costa norte de
Inglaterra y dos años después en Irlanda.
Desde esa fecha hasta poco después del año 1000, los pueblos
del norte efectuaron todo tipo de incursiones en el mar del Norte, el
Cantábrico y el Mediterráneo (tanto oriental como occidental). El radio que
alcanzaban sus excursiones fue aumentando progresivamente, según crecían sus
conocimientos de la costa y los ríos navegables. Así, entre otras acciones,
podemos reseñar:
793 primer ataque en las Islas Británicas.
795 primer ataque a Irlanda.
820 ataque a los actuales Países Bajos.
834 ataque por los ríos Sena y Loira.
840 ataque a la península Ibérica.
No existe una postura unánime entre muchos de los
historiadores de la razón que llevó a algunos hombres del norte, no a todos, a
ir de saqueo (vikingo viene a significar 'el que va a saquear', o también 'el
que merodea por las costas').7 Los vikingos no solían vincular sus acciones a
otros ideales que no fueran el conseguir riquezas, esclavos o tierras donde
asentarse, ni tampoco solicitaban algún tipo de permiso a una autoridad
superior que justificara sus acciones, como sería posteriormente el caso de los
franceses e ingleses con sus patentes de corso. No obstante, la formación de
grandes partidas para realizar ataques costeros coincide al menos con la época
en que en Escandinavia la población comenzó a organizarse en reinos más o menos
extensos y consolidados.
Modelo de barco vikingo.
Las expediciones vikingas solían formarlas decenas o cientos
de buques navegando y atacando juntos; en contraposición con otras anteriores y
sobre todo con las posteriores en el Mar Caribe, donde lo frecuente eran
ataques de pocos barcos o incluso de uno solo. Debe tenerse en cuenta que un
drakkar vikingo podía transportar unos 32 o 35 hombres, como lo atestigua el
Barco de Oseberg encontrado en la granja Oseberg de Vestfold, Noruega en 1903.8
Un ejemplo de estas expediciones lo tenemos en las crónicas
sobre la primera incursión vikinga a la península Ibérica en el 840. Un número
indeterminado de naves bordearon la costa asturleonesa hasta llegar a la actual
Torre de Hércules (su gran tamaño debió de parecerles importante) y saquearon
la pequeña aldea emplazada a sus pies. Ordoño I tuvo noticias de la expedición
y condujo a su ejército contra los vikingos, a quienes derrotó recuperando
buena parte del botín y apresando o hundiendo entre sesenta y setenta de sus
naves, lo que quizá no constituía ni la mitad de la fuerza desplazada por la
expedición, como demuestra el hecho de que siguieron su campaña de saqueos. En
Lisboa los cronistas hablan de una escuadra compuesta por 53 bajeles.9
Los vikingos supieron unir a sus grandes dotes marineras la
sorpresa y la no poca ferocidad en el uso de la espada. Sin embargo, este
pueblo goza de cierta leyenda rosa en lo que a sus dotes militares respecta. Se
tiene la idea de que eran los más terribles guerreros europeos o mundiales de
la época, siempre dispuestos a luchar hasta la muerte con la esperanza de
sentarse a la mesa en el banquete de Odín, tras haber tenido el privilegio de
morir con la espada en la mano. Frente a esta leyenda, la historia muestra
hechos donde se ve que, como cualquier pirata, atacaban aquello que creían
poder conquistar y en muchas ocasiones huían o se rendían. Un ejemplo lo aporta
su primera incursión en Al-Ándalus, donde tomaron Cádiz y subieron de nuevo por
el Guadalquivir, saquearon minuciosamente Sevilla desde la que lanzaron
avanzadillas a pie. No obstante, cuando Abd Rahman II salió con sus hombres y,
tras algunas batallas, los vikingos vieron que no podían con la fuerza
andalusí, aquellos huyeron, abandonando Sevilla y a muchos rezagados, quienes
se rindieron a las fuerzas del emir y terminaron, o bien criando caballos y
haciendo queso, o bien con el viejo castigo para la piratería: ahorcados, en
este caso de las palmeras de Tablada.9 La horca para los buitres del mar sería
posteriormente casi institucionalizada por los captores de piratas y también
por artistas en sus obras, como el poeta español José de Espronceda lo
inmortalizaría en obras como la Canción del pirata con sus versos
Y al mismo que me condena
Colgaré yo de una antena
Quizá en su propio navío.
Tampoco es cierto que aquellos hábiles marineros vencieran
la mayoría de las veces. Sí se sabe que arrasaron París y York o que se
adentraron tierra adentro y capturaron al rey de Navarra, García Íñiguez, en el
asedio de Pamplona en el 858, por ejemplo. Pero, como ya se ha indicado, Abdel Ramán
II les infligió una seria derrota, como meses antes Ramiro I de Asturias
durante la misma incursión y también su hijo, Ordoño I, que marchó contra la
segunda expedición por tierras hispanas. Más contundente fue el conde Gonzalo
Sánchez, quien terminó con toda la flota de Gunrod de Noruega (Gunderedo, en
español); el conde Sánchez capturó y pasó a cuchillo a toda la tripulación y a
su rey.9 Pero quizá la derrota más contundente se la infligió Harold Godwinson,
heredero del trono inglés tras la muerte sin descendencia de Eduardo el
Confesor; aquel defendió sus derechos frente al pretendiente noruego Harald
Hardrade y su flota de 300 naves (más de 10.000 hombres) en la Batalla del
puente Stamford en 1066, donde cayó el propio monarca pirata.8
Los vikingos muestran otra constante en la piratería. Pese a
ser considerada siempre una profesión de hombres (con prohibición expresa en
algunos casos de embarcar mujeres), las féminas siempre participaron en y
dirigieron expediciones, navíos y flotas. Así, numerosas naves normandas eran
mandadas y tripuladas en su totalidad por mujeres. Es el caso de Rusla de
Noruega, hija del rey Rieg y hermana de Tesandus, que fue desposeído de su
trono por el rey Omund de Dinamarca. La muchacha primero armó un barco y con el
tiempo se hizo con una flota entera, con la que atacó a todas las naves danesas
que pudo, para vengarse de la afrenta inferida a su hermano. En contra de lo
que se podría pensar, fue Tesandus quien la capturó, tras el naufragio de su
drakkar, y la sujetó por sus trenzas mientras sus hombres la mataban con los
remos (el rey Omund había conseguido atraer bien al príncipe hacia su causa
después de adoptarlo).1
No se sabe con certeza la causa o causas que terminaron con
los ataques vikingos. Algunos autores opinan que la aceptación de la fe
cristiana hacia el año 1000 por la mayoría de ellos atenuó su deseo de atacar a
sus correligionarios. También se apunta a que las incursiones sólo constituían
una moda y que cesaron cuando ya no fueron novedad. De cualquier modo, los
reinos nórdicos deseaban cada vez más abrirse al resto de países de Europa y
comerciar con ellos en lugar de invadirlos. Como ejemplo está el caso del rey
castellano Alfonso X El Sabio, que casó a su hermano Fernando con la princesa
Cristina de Noruega el 31 de marzo de 1252 porque dicho matrimonio era
conveniente tanto para Alfonso X como para Haakon IV.10
[editar]El Índico medieval
Dhows mozambiqueño en el océano Índico. Los dhows son
embarcaciones tradicionales árabes muy parecidas a las utilizadas por ese
pueblo en tiempos de los abásidas, cuando fueron diestros piratas y navegantes.
Si nos atenemos a la distancia de sus rutas, los árabes
fueron los mejores navegantes de su época. Ya en el siglo IX fueron capaces de
abrir la mayor ruta comercial conocida entre la península Arábiga y China, muy
por encima de las travesías vikingas por Europa.11
La expediciones árabes buscaban tres cosas: materias primas
que pudieran luego trabajar o vender, productos de Oriente para negociar y
esclavos que vender. Aunque otros o esos mismos árabes atacaban asimismo barcos
para apoderarse de su mercancía. La zona más peligrosa era y continuó siendo el
estrecho de Malaca, donde los buitres del mar campaban a sus anchas. No debemos
pensar que los ataques piratas eran perpetrados sólo por árabes, también
participaban en ellos gente de las islas y penínsulas índicas.
Guardando algunos parecidos con las de los griegos, sin ser
el mismo caso, las singladuras árabes han llegado a la cultura universal a
través de cuentos de cierto carácter mitológico, especialmente por las
aventuras de Simbad el marino. Para el escritor Jordi Esteva, en esos cuentos y
relatos están plasmadas todas las regiones visitadas por los árabes en sus
travesías, bien es verdad que mitificadas con relatos de monstruos gigantescos.
Así, en el siglo IX bajeles de Yemen y la actual Arabia Saudita habían abierto
rutas por Persia, India y China en Asia y toda la costa este africana,
inclusive las costas de Madagascar. En este último continente crearon uno de
los sultanatos más importantes, pero no el único, en Zanzíbar, desde el que se
canalizaba buena parte del oro, maderas valiosas, pieles exóticas y marfil
exportados por el Gran Zimbabwe ya desde tiempos de los fenicios.12
Dado que los africanos no disponían de muchos productos
elaborados, las principales acciones de piratería consistían en la captura de
esclavos para ser llevados a la península Arábiga. Los otros productos
igualmente se rapiñaban, pero era más corriente la compra a los nativos. Debe
tenerse en cuenta que África, en razón de enfermedades como la malaria, fue un
continente casi vedado a los no africanos. Pero esta actuación pirática de toma
de esclavos por la fuerza fue sustituida progresivamente por la compra a
negreros africanos. Esta conducta fue una práctica muy común y muy sangrante
para los reinos del África negra, comenzando el debilitamiento de sus
estructuras que posteriormente aprovecharían los europeos. Fueron estas
actuaciones de los piratas/negreros árabes lo que contribuyó a expandir el
Islam en África. Debido a que las leyes islámicas no permiten la esclavitud
entre musulmanes, muchos africanos se convirtieron a esa religión para
salvaguardar su libertad.
[editar]El Mediterráneo
La situación vivida por los pueblos europeos occidentales
tras la caída del Imperio romano hace que la navegación marítima se reduzca
antes de la formación del Imperio carolingio y tras su caída en todo lo que es
el Mediterráneo Occidental, pero sin desaparecer por completo. En la parte
oriental de este mar, la comunicación continúa y con ella la actividad
pirática.
Autores como Wolfram Zu Mondfeld incluyen a Roger de Flor,
caballero y aventurero de origen ítalo-aragonés, entre los no muchos piratas
documentados de la época en esa parte del mundo. La inclusión de Roger de Flor
se debe a su carrera naval antes de comandar a los almogávares y entrar al
servicio del rey de Sicilia.1
En 1291 Roger de Flor marchó a la última cruzada y pronto se
reveló como un gran marino. Una de sus famosas acciones fue la evacuación con
su flota de toda la nobleza de San Juan de Acre; ya sea por haber pedido
rescate, haber subastado los puestos o porque la aristocracia franca utilizó
sus influencias para lograr una plaza. Con sus naves llenas de adinerados
nobles logró llevarlos a Marsella sanos y salvos.
Durante los 20 años siguientes luchó al servicio del rey
Federico II de Sicilia hasta que fue reclutado por el emperador de Bizancio
Andrónico II y mandó a los almogáraves en sus victoriosas batallas contra los
turcos. Saqueó Quíos y se estableció en Gallípolos hasta ser llamado y
asesinado por el Emperador con 300 de sus hombres durante un banquete en su
honor. Esto hizo explotar en sus hombres la famosa Venganza catalana al
aterrador grito de «¡Desperta ferro!».
Pese a todo, el gran poder corsario de este mar aún estaba
formándose y emergiendo en Asia Menor. La progresiva expansión del Islam,
primero por los árabes en todo el Norte de África y después con los turcos en
las costas asiáticas, iba a originar toda una serie de señoríos y sultanatos
que rápidamente adquirirían fuerza y tamaño, hasta llegar a convertirse en un
peligro sin igual para los reinos cristianos de Italia, España y en menor
medida las órdenes militares que gobernaban en islas como Chipre, Rodas y
Malta. Debe tenerse en cuenta que los árabes y también los berberiscos
consideraban una forma de Guerra santa la piratería contra los infieles (véase
más adelante).
[editar]Los vitalianos
Reproducción de una coca, típica nave medieval del mar
Báltico.
La piratería europea a finales de la Edad Media la
protagonizaron los ya expuestos berberiscos en el Mediterráneo, que comenzaban
a crecer en importancia, y los vitalianos en el mar del Norte.1
Las ciudades del mar Báltico y algunas de la parte oriental
del mar del Norte empezaron a unirse comercialmente hacia el año 1200 para
regular primero y controlar después el comercio por esa zona. Con el tiempo se
terminó formando una cofradía de ciudades portuarias, llamada la Liga
Hanseática y comúnmente conocida como Hansa, a la que terminaron perteneciendo
la práctica totalidad de las urbes bálticas, constituyendo un auténtico
monopolio.
Como la inmensa mayoría de los monopolios, la Hansa comenzó
rápidamente a obtener beneficios y a convertirse en un coloso comercial.
Desgraciadamente para ellos, era un coloso desunido, pues cuando algunos
piratas atacaron a barcos de Bremen y acudieron a la ciudad de Wismar para
revender la mercancía, los comerciantes (miembros asimismo de la Liga) no
dudaron en comprar lo que les ofrecían a tan buen precio, aún conociendo
sobradamente su procedencia y las artes utilizadas para conseguirla.
Esta experiencia no fue más que una larga lista de ellas que
llegó a enfrentar a unas ciudades contra otras e incluso a pagar y financiar
ejércitos católicos con dinero protestante para atacar a otros protestantes. En
uno de estos asedios, ciudades como Wismar negociaron con los piratas para
lograr ser abastecidas y les extendieron patentes de corso. Estos valientes
navegantes cruzaban por la noche o incluso de día las líneas de buques enemigos
llevando armas, información y sobre todo alimentos, que en una derivación del
latín (victualia) se diría vituallas y de esta nuevamente derivó al nombre
vitaliano ('el que lleva los alimentos', en traducción libre).1
Los vitalianos resultaron muy útiles en muchas de estas
contiendas, y la ciudad de Estocolmo no hubiera resistido tanto frente a las
tropas de Margarita I de Dinamarca de no haber sido por estos navegantes.
Esta idea de valerosos corsarios, que arriesgaban sus barcos
y sus vidas para mantener con vida a la población de las ciudades, fue
degenerando progresivamente con el tiempo cuando sus actividades volvieron a la
simple piratería. Como sería después en el Caribe, los vitalianos acostumbraban
a repartir el botín obtenido en partes iguales y a formar algo parecido a una
sociedad sin clases. De ahí que también se les llame Likendeeler
('igualitarios').
Su influencia fue grande durante la Baja Edad Media en la
Europa del Norte y lograron varios actos destacados en los actuales Países
Bajos, Alemania e incluso Francia. A la cabeza de este grupo se puso una
especie de triunvirato formado por Gödehe Michelsen (también conocido por
Gödeke Michels o Gö Michael), Wigbad (asimismo llamado Wigbold o Wikbald) y
Claus Störtebekker (Storzenbecher para los alemanes). La comunidad se
estableció primero en Visby y Gotland y allí prosperaron y crecieron hasta
convertirse en una especie de estado permanente, a pesar de perder numerosas
naves y hombres frente a las fuerzas de la Liga.
Tres grandes acciones se emprendieron contra los vitalianos.
La primera la llevó a cabo la Orden Teutónica: Konrad von Jungigen dirigió a
5.000 caballeros teutones en 80 naves contra los vitalianos, acabando con aquel
«paraíso báltico», matando a muchos en los combates y decapitando a otros. Pero
algunos lograron escapar, entre ellos los tres dirigentes, que buscaron refugio
en el señorío de Kennon ten Brooke, en las costas de Frisia. Este aristócrata
estaba enfrentado con la mayoría de sus vecinos y aceptó de buen grado la
entrada de aquellos piratas, que podían hostigar a sus enemigos.
La segunda expedición contra la hermandad vitaliana se llevó
a cabo en 1400 por los capitanes hamburgueses Albrecht Schreye y Johannes
Nanne, que atacaron a los vitalianos en la desembocadura del Ems, matando a 80
y decapitando a otros 36. Al año siguiente, Nilolaus Shoche atacó la
desembocadura del Weser terminando con 73 de aquellos piratas.
La suerte seguía en contra de los vitalianos, Jungigen
empezó a cambiar su actitud hostil contra sus vecinos y se reunió en Hamburgo
con varios dignatarios, donde manifestó su deseo de apartarse de aquellos
individuos. Entonces muchos de estos piratas se retiraron a Noruega, pero
Störtebekker decidió quedarse y seguir atacando naves entre las islas de
Helgoland y Neuwerk, pero sus días estaban contados. El jefe de la escuadra
hanseática, Simón de Utrecht, disponía de una de las mejores naves que habían
surcado aquellas aguas hasta entonces, la Bunte Kuh, y junto a otras Carabelas
de la paz, como se las llamaba a las naves contra los piratas bálticos,
emprendió varias acciones contra Störtebekker y sus hombres.
En las más exitosa camufló a sus naves como embarcaciones
mercantes y logró engañar al pirata, siempre muy precavido. Este a su vez atacó
la escuadra por la vanguardia y la retaguardia; pero cuando se dieron cuenta de
que se enfrentaban a las potentes Carabelas de la paz era ya tarde. Cayeron 70
piratas, entre ellos Störtebekker. Los otros dos compañeros del alemán lograron
escapar, pero fueron capturados en la siguiente salida de la nave Bunte Kuh.
Pero, como en tantos otros casos, la imagen del pirata Stöttebekker ha quedado
en la cultura popular alemana como una especie de héroe regional, conservándose
en los museos la copa que utilizaba para beber, un cañón de su barco, o siendo
nombrado socio póstumo de algunas asociaciones y clubs alemanes.
La captura de los demás piratas vitalianos se produjo en
1433, en las aguas del Mar Báltico y Mar de Norte. En aquella ocasión fue el
aristócrata frisón Edzart Zirksena quien firmó definitivamente la paz con
Hamburgo, permitiendo que Simón de Utrecht saliera nuevamente con sus naves y
terminara con los últimos reductos de la piratería báltica. El capitán Sibeth
Papinga y sus hombres fueron capturados y decapitados, terminando así con el
problema pirata.
[editar]Edad Moderna
Tres acontecimientos relacionados marcan la piratería tras
la Caída de Constantinopla hasta la Revolución francesa:
El descubrimiento de América por España.
La exclusión de Inglaterra, Francia y más tarde Países Bajos
tras el reparto de todas esas tierras entre España y Portugal por el Tratado de
Tordesillas (bendecido por bula papal).
Las inmensas riquezas halladas en el Nuevo Mundo.
Una cuarta circunstancia, no tan unida a las anteriores, la
constituyó el creciente poderío musulmán, especialmente turco, en todo el
Mediterráneo.
[editar]Los corsarios berberiscos
Aruj, también conocido como Baba Aruj o Barbarroja.
Desde muy antiguo —como atestigua la campaña llevada a cabo
por Julio César contra los piratas— y organizadamente desde el siglo XIV, el
mar Mediterráneo conoció numerosas incursiones de piratas y corsarios turcos y
berberiscos que atacaban las naves y costas europeas en medio del conflicto
entre el Cristianismo y el Islam, que culminó con la conquista cristiana de
Granada y la turca de Constantinopla, Chipre y Creta.
Los berberiscos contaban con los importantes puertos de
Tánger, Peñón de Vélez de la Gomera, Sargel, Mazalquivir y los bien defendidos
en Túnez y Argelia, incluso Trípoli, desde los que atacar cualquier punto del
sur europeo y refugiarse con rapidez llevando los rehenes por los que se pedía
rescate.
Debe tenerse en cuenta que la piratería a naves cristianas
era considerada por los berberiscos una forma de Guerra Santa y, por tanto,
noble y ejemplarizante.
Desde estas fortalezas, los berberiscos atacaban los puertos
del sur de la península Ibérica, el archipiélago de las Baleares, Sicilia y el
sur de la península Itálica. Tanto es así que el cronista Sandoval escribió:
«Diferentes corrían las cosas en el agua: porque de África salían tantos
corsarios que no se podía navegar ni vivir en las costas de España».13
Puede sorprender que un peligro tan grande durara tantos
siglos, especialmente sabiendo que aquellos puertos no eran partes de un Estado
centralizado (el poder de los sultanes era nominal) y el tribalismo predominaba
en la región, dividiendo las fuerzas frente a un ataque de Europa. Autores como
Ramiro Feijoo puntualizan que aquella región tenía un escaso o nulo valor
económico para las monarquías de Zaragoza o Valladolid. Sin embargo, la
situación cambió con la firma de la Paz de Lyon en 1504 y los ataques
berberiscos a Elche, Málaga y Alicante en 1505.
Los especialistas consideran un error pensar que la
península Ibérica sufría muchos más ataques que la Itálica. No obstante, la
primera contaba con el conocimiento de la lengua, las costas y las costumbres
de los andalusíes que habían abandonado la península con la Reconquista. Muchos
de ellos se convirtieron en guías, lenguas, aladides, leventes o incluso
capitanes13 y, ya en tierra, contaban con la connivencia de los otros
andalusíes que reclamaban, e incluso varios musulmanes actuales siguen
reclamando, aquella tierra invadida como suya. De esta manera, las viejas
incursiones medievales, como la cabalgada o la algarada, vuelven a practicarse
desde el mar.
En los primeros años del siglo aparece un personaje que,
apoyado por los gobernantes otomanos y bereberes, se dedicó a atacar numerosas
naves europeas, principalmente españolas e italianas: era Aruch Barbarroja.
Este corsario llegó incluso a recibir de manos del rey de Túnez, en 1510, el
gobierno de la isla de Yerba, desde donde siguió organizando pillajes y
ataques, tales como la conquista de la ciudad de Mahón en 1535. Tras su muerte,
su hermano Jeireddín, que había heredado de él el apodo de Barbarroja, llegó a
empequeñecer la leyenda de Aruch. Tanto es así que el Abate de Brantone, en su
libro sobre la Orden de Malta, escribió de él: «Ni siquiera tuvo igual entre
los conquistadores griegos y romanos. Cualquier país estaría orgulloso de poder
contarlo entre sus hijos.»1
La mayor parte de las naves berberiscas eran galeras de poca
altura, propulsadas por remos. Los remos eran bogados por multitud de esclavos
no musulmanes, algunos raptados de países europeos y otros comprados en el
África Subsahariana. La galera generalmente tenía un solo mástil con una vela
cuadrangular. Las acciones berberiscas fueron aumentando en número y osadía,
llegando a tomar posesiones en Ibiza, Mallorca y en la propia España
continental con ataques en Almuñécar o Valencia.14 Bien es verdad que muchas de
estas acciones culminaban con éxito gracias a la cooperación que los argelinos
y tunecinos obtenían de los moriscos, hasta que fueron expulsados por Felipe
III.
Pese a ser el Atlántico el principal foco de atención de los
Austrias, las acciones en el Mediterráneo nunca se descuidaron. Actualmente
toda la costa mediterránea española está todavía jalonada por torres de
vigilancia (desde donde una siempre divisa otras dos) y torres de guardia para
defender las costas (un ejemplo es Oropesa del Mar, en Castellón). Estos
piratas dieron origen a una frase que ha perdurado desde entonces: «No hay
moros en la costa». Lo mismo que las acciones de la que hoy llamaríamos
sociedad civil, para aliviar el sufrimiento de los cautivos y sus familias con
la fundación de la orden de los Mercedarios dedicados únicamente a reunir
rescates.
Pero no se debe caer en la idea de que los reyes españoles
se limitaban a desplegar una estrategia defensiva. Las operaciones que
culminaron con la toma de Túnez y la de Argel por Carlos V y Juan de Austria,
incluso la misma Batalla de Lepanto protagonizada por este último estratega,
fueron los principales y más grandes intentos de combatir esta piratería que
suponía un auténtico martirio para España y otras naciones europeas.
El apogeo de la piratería berberisca llegó en el siglo XVII.
Gracias en parte a las innovaciones del diseño naval introducidas por el
renegado cristiano Zymen Danseker, los corsarios norteafricanos extendieron sus
ataques prácticamente por todo el litoral del Atlántico Norte. De esta época
datan ataques tan al norte como en Galicia, las islas Feroe e incluso Islandia.
Es posible que incluso alguno de estos barcos hubiese alcanzado las costas de
Groenlandia de forma puntual. En el siglo XVIII la práctica, lejos de decrecer,
se mantuvo e incluso aumentó en algunos momentos gracias a la disminución del
dominio marítimo español sobre el Mediterráneo occidental con la pérdida de
Orán y Mazalquivir durante la Guerra de Sucesión Española de 1700–1714.
Las acciones de los piratas berberiscos no remitirían hasta
comienzos del siglo XIX, cuando países como Gran Bretaña, Francia y Estados
Unidos cesaron de pagar tributos a los reyes berberiscos y comenzaron a
realizar campañas de castigo contra la base pirata de Argel. Ésta vio destruida
gran parte de su flota en 1816, y en 1830 cayó ante las fuerzas francesas, que
la usarían como punto de partida para crear la colonia de Argelia a lo largo
del siglo siguiente. La presión internacional y la decisión del Imperio otomano
de acabar con esta práctica, llevaron al fin de la piratería en Marruecos,
Túnez y Tripolitania en los años siguientes.
[editar]Los corsarios cristianos
Los corsarios cristianos también atacaban los navíos
musulmanes bajo las órdenes de los reyes cristianos. Desde las posesiones
españolas de Italia solían reclutar militares para ejercer de corsos en el mar
Egeo y el Norte de África. Los navíos españoles, al mando de veteranos de las
guerras imperiales de los Austrias, operaban unas veces por su cuenta dando
caza a los bajeles musulmanes, y otras se agrupaban para asaltar y saquear
ciudades e islas. El más conocido de estos corsarios es Alonso de Contreras,
que además dejó en su autobiografía (Vida del capitán Contreras) un relato
pormenorizado de las luchas que vivió entre 1597 y 1630.
[editar]Los franceses descubren el oro de las Indias
Como se ha indicado anteriormente, todas las naciones
europeas, excepto España y Portugal, quedaron fuera del reparto de tierras y
comercio con las colonias americanas; este sólo lo podía realizar la Casa de
Contratación con sede en Sevilla.
Pese a que durante muchos años los monarcas hispanos
trataron de mantener en secreto lo descubierto en América, en 1521 piratas
franceses a las órdenes de Juan Florin lograron capturar parte del famoso
Tesoro de Moctezuma, abriendo toda una nueva vía para asaltos y abordajes en
busca de fabulosos botines. Tanto es así que al cabo de San Vicente los
españoles comenzaron a llamarlo El cabo de las Sorpresas.14
Sin embargo, los españoles aprendieron pronto a defenderse
de los piratas franceses, más tarde ingleses, y empezaron la construcción de
los impresionantes galeones, mucho más armados que los navíos piratas y
preparados para frustrar el abordaje con una descarga de sus enormes piezas de
artillería.
Ante éstos, los corsarios franceses y algunos pocos
españoles enrolados con ellos probaron a cruzar el Océano y asentarse en las
islas del Caribe donde pudieran atacar pequeños barcos y poblaciones
indefensas. Es el caso de Diego Ingenios y Jacques de Sores, que sitiaron Nueva
Cádiz y llegaron a capturar a su gobernador, Francisco Velázquez. También es el
caso de la ciudad hondureña de Trujillo, que fue saqueada y arrasada por los
piratas en varias ocasiones pese a los refuerzos enviados (sorprende que con
tantos ataques siga existiendo en la actualidad).
[editar]El corso inglés
Sir Francis Drake.
Más tarde surge como nuevo pirata la figura del corsario
inglés, una clase social sui géneris, especializada en el robo marítimo, en el
saqueo de ciudades, puertos y mercancías. Los corsarios disfrutaban de lo que
se llama patente de corso, es decir, «licencia para robar y saquear» con la
autorización explícita del rey u otro gobernante. Esta patente era privilegio
de Inglaterra y Francia, que tenían a sus corsarios institucionalizados y cuya
actividad se convierte en lícita en tiempos de guerra. De esta manera, los
piratas clásicos se van haciendo corsarios, que es una postura más cómoda, pues
actúan siempre dentro de un orden legitimado y bajo la protección de la
ley.[cita requerida]
La percepción de los corsarios depende obviamente del
observador: para los atacados son simplemente piratas, o mercenarios sin
escrúpulos, mientras que para sus connacionales son patriotas e incluso
héroes.[cita requerida] En Inglaterra, la piratería se convirtió en un negocio
legítimo. Fue Enrique VIII el primer monarca que expidió las patentes de corso.
Más adelante, la reina Isabel I se convertiría, por este medio, en «empresaria
marítima», otorgando las patentes a cambio de parte del botín conseguido.
Asimismo debe tenerse en cuenta que estos corsarios muchas
veces eran comerciantes que vendían productos muy necesarios para los colonos y
compraban a buen precio los artículos que éstos debían vender exclusivamente a
la Casa de Contratación. Por lo tanto, en muchas ocasiones, la presencia
permanente de piratas en el casi despoblado Caribe insular era bien vista, e
incluso necesaria, tanto para los habitantes como para las élites españolas
residentes en América.14 Es el caso de John Hawkins que vendió esclavos traídos
desde África y compró especies a mucho mejor precio que el pagado desde
Sevilla.1
En algunos casos, después de expirada la licencia o acabada
la guerra, los corsarios vuelven a actividades privadas como ricos burgueses
que incluso son condecorados. En Inglaterra existen monumentos levantados a
algunos corsarios, considerados como héroes. El más famoso de los corsarios del
siglo XVI es, sin duda, Francis Drake, insigne almirante, honrado por su reina
en agradecimiento a los servicios prestados y elevado a la categoría de sir.
Sobrino de otro pirata, también ennoblecido por la reina, sir John Hawkins,
juntos asaltaron Veracruz en 1568, cuando aún carecía de fortificaciones. Drake
tiene en su haber el más cuantioso botín registrado en la historia: dos buques
españoles que transportaban oro y plata americanos desde Nombre de Dios, lo que
le supuso que Isabel I lo armara caballero.[cita requerida]
Sir Walter Raleigh inició en 1617 una expedición en la
Guayana (actual Venezuela), donde esperaba descubrir minas de oro, y tomó
posesión de parte de ese país en nombre de Inglaterra; pero tras destruir
algunos establecimientos españoles en el rio Orinoco, fue detenido a solicitud
de Felipe III de España.
Sin embargo, no todos los corsarios consiguen el título de
caballero. Algunos de ellos, una vez acabado el conflicto que propició la
expedición de su patente, continúan su actividad convertidos en simples
piratas.
El siglo XVI será un siglo de fomento entre los corsarios y
piratas, del asalto y captura de los galeones españoles y el apresamiento de
sus hombres. En Dover se llegan a pagar 100 £ en pública subasta por hidalgo
capturado.[cita requerida]
Surge igualmente una actividad nueva: los piratas o
corsarios se hacen negreros y se apoderan en África de seres humanos para
vender y esclavizar. Figura del esclavista británico más sobresaliente de este
momento es el ya citado John Hawkins, que pobló de negros africanos toda el
área del Caribe.[cita requerida]
En 1709, 110 corsarios al mando de Woodes Rogers y Stephen
Courtney (el famoso William Dampierre, el pirata literario, que ya había estado
en Guayaquil integraba también el grupo) entran en Guayaquil y se presentan
como «negreros», y al ver el miedo dibujado en el rostro del corregidor,
Jerónimo de Boza y Solís, no sólo exigieron 40.000 pesos de rescate por dos
rehenes que se llevaron, sino que se entregaron al pillaje durante cinco días,
llegando a acumular 60.000 pesos en joyas y dinero a más de una enorme cantidad
de víveres y objetos.
[editar]La piratería en el Caribe español
Ilustración de un pirata por Howard Pyle.
La Ruta de las Indias que seguían las embarcaciones
españolas, cruzaba el océano Atlántico rumbo a Cuba o a La Española. De estas
islas partían rutas hacia el continente: a Veracruz, Portobelo y Cartagena de
Indias.
Durante los primeros siglos del dominio español en América,
los piratas que intentaban, y en muchos casos lograban, robar valiosos
cargamentos de oro y otras mercancías procedentes del Nuevo Mundo abundaron en
el Mar Caribe, que presentaba un lugar ideal para la actividad por su
abundancia de islas en las que los piratas podían refugiarse. Hay que tener en
cuenta que los Reyes Católicos permitieron en 1495 a todos sus súbditos
tripular naves a las recién descubiertas Indias, lo que hizo que muchas
embarcaciones se lanzaran al Atlántico sin la debida preparación, siendo fácil
presa para los lobos del mar.15
El primer pirata del Caribe fue probablemente un español, un
tal Bernardino de Talavera. Tal como lo relata Cesáreo Fernández Duro:
[...] es de decir que un tal Bernardino Talavera, hombre
vividor, amigo de regalo, acosado por los acreedores que tenía en la Isabela,
se apoderó de una de las naves surtas en el puerto, en compañía de 70
compañeros de su especie, y se arrojó a probar fortuna. Tuvo el contratiempo de
que le echaran mano en Jamaica (1511) y le condujeran a la Española, donde por
sus delitos fue justiciado.
Armada Española
Felipe II ordenó que ningún barco hiciera la Ruta de las
Indias sin protección para evitar el ataque de los piratas a los navíos
españoles. Para ello optó por la formación de convoyes en los que las carabelas
y las naos eran escoltadas por los poderosos galeones y carracas, llamado
Sistema de flotas y galeones. Este sistema constituyó un gran éxito si nos
atenemos a la proporción de flotas fletadas (más de cuatrocientas) frente al de
flotas atrapadas (dos), que da un porcentaje de capturas de un 0,5%, y ninguna
de estas dos se debió a la acción de los piratas o corsarios, sino a la de
Marinas de guerra pertinentemente armadas.15
En cualquier caso, en el siglo XVII el trópico de la América
hispana se convirtió en el escenario donde actuaban a destajo los lobos del
mar, a menudo amparados por los grandes países de Occidente (principalmente
Inglaterra, Francia y Holanda).
Como se ha indicado, se llamó corsarios a los que actuaban
por cuenta de sus reyes, quedándose con parte del botín. Por su lado, los
simples aventureros y ladrones fueron conocidos con el nombre genérico de
bucaneros, pues sus tripulaciones se nutrían de habitantes de las islas que
preparaban y vendían carne al bucán, es decir, ahumada. Sembraron el terror y
la desolación en las poblaciones situadas en el Golfo de México y el Caribe.
Veracruz, San Francisco de Campeche, Cuba, Santo Domingo, Cartagena de Indias,
Honduras, Venezuela, Panamá y Nicaragua fueron los lugares más castigados,
víctimas de saqueos, asaltos y asesinatos.
Resaltan las figuras del galés Henry Morgan, de los
franceses El Olonés (de nombre Jean David François de Nau) y Michel de Grammont
, el holandés Laurens de Graff, Lorencillo (llamado así por su corta estatura;
otros hacen referencia a él como Lorent Jácome), todos ellos piratas sin
escrúpulos. Los peores asaltos que se recuerda fueron: Maracaibo por El Olonés,
Veracruz por Grammont y Lorencillo y Puerto Bello por Morgan. Estos lugares azotados
y desprotegidos no contaban con ninguna defensa por parte del Imperio español
de ultramar.
Pero esta situación fue cambiando a medida que las colonias
iban aumentando en población, y la metrópoli fue invirtiendo en la flota,
defensas y guarniciones. De esta forma, a finales del siglo XVI los principales
piratas y corsarios habían muerto o estaban prisioneros:
Richard Grenville fue derrotado y muerto en 1591 en las
Azores.
Thomas Cavendish fracasa en una expedición y fallece en 1592
posiblemente aguas fuera de la isla Ascensión,África.
David Middelton fracasa también en las Azores.
George Clifford perdió 14 de sus 28 naves salidas de
Plymouth en la Operación Raleigh en 1595; entre ellos cayeron John Hawkins y
Francis Drake.
Sir Walter Raleigh fue condenado a muerte, sufrió suplicio y
fue posteriormente decapitado en 1618.
El historiador británico J. B. Black lo expresó en una frase
con tintes nostálgicos: «Los formidables escuadrones de corsarios, que antaño
asolaron el Caribe, habían desaparecido».16
[editar]La decadencia de la piratería caribeña
Fuerte de Cartagena de Indias, Colombia. Las impresionantes
fortificaciones de esta ciudad fueron reparadas y reforzadas por los mejores
arquitectos españoles, como Juan de Herrera.
El desastre de la Armada Invencible produjo en España, y en
especial en Castilla, una sensación de pánico ante la indefensión frente a un
posible contraataque de Inglaterra y las Provincias Unidas, lo que llevó a los
procuradores a atender las demandas de Felipe II que solicitó y obtuvo 8
millones de ducados para nuevas naves y fortificaciones. Este nuevo impuesto
fue conocido como Los millones y resultó terrible para los españoles en general
y los castellanos en particular, especialmente para las clases más humildes,
pero la cantidad fue abonada con creces.17
Al año siguiente de la Armada Invencible, los ingleses
atacaron Galicia, cosechando una terrible derrota. Al mismo tiempo, las
fortificaciones en América, como la inexpugnable Cartagena de Indias, fueron
reforzadas por los mejores arquitectos del Imperio (como Juan de Herrera),
poniéndole la tarea mucho más difícil a los piratas.
El bucanero representa la degradación de la idea romántica
del pirata.
En el siglo XVII aparece una serie de aventureros que llenan
las costas americanas y que van en busca de fortuna. Son mercaderes y negreros,
bandidos y contrabandistas. Navegan por iniciativa propia pero con dispensa
pública de sus gobiernos respectivos. Se dedican casi exclusivamente al saqueo
de las riquezas obtenidas por los españoles, para su propio provecho. A estos
nuevos piratas, en España, se les llama herejes luteranos por sus actividades,
que se consideran no sólo ilegales, sino violadoras de la fe católica. Tenían
su cuartel general en las colonias de Barbados y Jamaica. Esta llegó a ser la
isla más rica y fuera de la ley del mundo. Los piratas se adueñaron de esas
costas por espacio de 200 años.
Algunos autores, películas y obras literarias consideran que
la piratería fue un factor decisivo en la decadencia del Imperio español. Así
Gonzalo Torrente Ballester, en su novela Crónica del rey pasmado, pone en boca
de un personaje que la única preocupación para que la Flota de Indias llegara
entera a Cádiz era que los corsarios ingleses no llegaran primero.18 Sin
embargo, esa opinión no es unánime y muchos autores estiman que «la piratería
tuvo muy poca influencia en la marcha del Imperio».
Wolfram ZuMondfeld1 opina que la causa del empobrecimiento
la tuvo la opresión económica creada por el monopolio de comercio con la
metrópoli, monopolio ostentado por la Casa de Contratación. A esto ZuMondfeld
une la limitada capacidad productiva de España, que no podía atender todas las
demandas de utensilios, herramientas, enseres y demás mercancías demandados por
unas colonias que la superaban en mucho en extensión y población.
Germán Vázquez Chamorro hace hincapié en que muchos de los
más famosos piratas (como Anne Bone o Mary Read) realmente atacaban barcos
pesqueros o chalupas de escaso o nulo valor para la corona española.19
Este mismo autor, comentando el libro de Lucena Salmoral
Piratas, corsarios y filibusteros,20 indica que la piratería descendía con las
firmas de tratados de paz, que hacían menos necesarios a los buitres del mar.
Así pasaban de los honrosos corsarios a filibusteros y finalmente a viles
piratas, a los que persiguieron y castigaron sin piedad en los siglos XVII y
XVIII, cuando ya no eran necesarios.
Mariano González-Arnao hace ver que la posibilidad de que un
barco pirata con 20 ó 30 hombres pudiera capturar un galeón con 168 arcabuceros
(más artilleros y marineros) sólo se puede dar en obras de ficción.15
J. B. Black se suma a estos puntos de vista de la siguiente
manera:
En las guerras entre España e Inglaterra, únicamente el
ataque a las naves sueltas tuvo algún éxito. Las Flotas del Tesoro triunfaron
por su perfecta organización y porque los españoles tenían un perfecto servicio
de información. Admitamos que, aparte de las presas menores, los marinos
ingleses sólo en una ocasión pudieron interceptar o apresar una de aquellas
codiciadas flotas.15
Fuerte de Cartagena de Indias, Colombia. En contra de la
creencia popular, ni los piratas ni los marinos de otras naciones pudieron
llegar a capturar siquiera el 1% de las flotas que salieron desde el puerto
caribeño.
En opinión de estos historiadores, el empobrecimiento
causado por los bandidos del mar, pese a tener puntos de verdad, es más una
deformación fruto de la literatura y la filmografía.
En la Isla de la Tortuga (frente a las costas de Haití,
rodeada de islotes, lo que hace que, a veces, sea mencionada en plural como Las
Tortugas), los bucaneros tuvieron una base internacional durante los siglos XVII
y XVIII. Formaban una asociación llamada Cofradía de los Hermanos de la Costa.
No se conoce el preciso origen de esta cofradía, pero se sabe que llegó a
elaborar una constitución que regiría sus vidas. Se presume que era transmitida
por tradición oral, ya que no se han encontrado registros escritos al respecto.
Tales preceptos son:21
— «Ni prejuicios de nacionalidad ni de religión». En este
punto, la coincidencia es general. Convivían perfectamente católicos con
protestantes e ingleses con franceses. Se privilegia la individualidad como
materia de crítica. Las guerras europeas y sus odios no llegan a la Isla de la
Tortuga. No hay países, hay hermanos, pero cabe destacar que existían
diferencias lingüísticas que separaban a algunos grupos.
— «No existe la propiedad individual». Entendiéndose por
esto la propiedad de un determinado terreno. Quiere decir que la isla es de
todos y para todos; cabe destacar que los barcos de la cofradía tampoco tenían
un propietario fíjo.
— «La Cofradía no tiene injerencia en la libertad de cada
cual». Quiere decir que no habría impuestos ni imposiciones de trabajos
forzados ni código penal. Cualquier problema entre hermanos debía solucionarse
solamente entre ellos. La participación en travesías es completamente
voluntaria y no existirá obligación alguna cuando llegue la hora de componer
tripulaciones o armar un ejército.
— «Si un cofrade abandona la sociedad, jamás será
perseguido». Esta ley permitía libertad absoluta para abandonar la cofradía en
cuanto su integrante lo decidiera o volver a entrar si lo quería.
— «No se admiten mujeres». Esta ley sólo se aplicaba a la
restricción de mujeres blancas en la isla, ya que representaban un tipo de
propiedad individual. Esta ley evitaba que se formaran formas de vida estables
que pusieran en peligro la libertad adquirida. Sólo se admitían mujeres negras
y esclavas, puesto que las esclavas no eran consideradas personas que pudiesen
«apresar» a un hombre en tareas indignas para un hermano.
El espíritu libertario de esta hermandad se modeló
necesariamente en las propias características de las vidas que habían llevado
sus componentes: proscritos, forajidos y a los tipos más crueles que se
presentasen, gente por lo general perseguida, atormentada y desarraigada,
formularon leyes que fomentaban la libertad de su propia sociedad. Los nombres
más conocidos de esta época son los de Michel de Grammont, Pierre Legrand,
Henry Morgan, El Olonés, Rock el Brasileño, Bartholomew Roberts y Edward Low.
Muchos colonos insatisfechos con el provecho que sacaban a sus tierras y
deseosos de enriquecerse con rapidez, se les unieron en sus hazañas.
Pintura de Jean Leon Gerome Ferris (1863–1930), que
interpreta la batalla entre Barbanegra y el teniente Robert Maynard.
Lo más curioso de esta constitución es la total ausencia de
deberes. La Cofradía sólo teme a la omnipotencia, la dictadura, la tiranía. Los
nuevos integrantes eran bienvenidos, ya que esta sociedad se hacía más fuerte
cuanto más numerosa.
Hubo un pirata con vocación de escritor, llamado Alexander
Olivier Exquemelin, que ha dejado un verdadero tesoro histórico en su obra Los
piratas de América o Bucaneros de América. Describe a los piratas, la geografía
por donde se movían, la historia de muchos de ellos, sociedad, costumbres y
recompensas.
Otro tipo de bandidos del mar fueron los «filibusteros»,
especialistas tanto en el robo y pillaje de barcos españoles como en introducir
mercancías de contrabando, sobre todo en Cuba y en las islas cercanas. No hay
unanimidad respecto al origen de la palabra. Unos la derivan del inglés free
booter, merodeadores del mar. Otros afirman que puede venir del nombre de los
buques ligeros fabricados en la zona de Las Tortugas, muy veloces por su proa
afilada, por lo que eran llamadas fly-boats y a los que los españoles llamaban
filibotes. Existe una tercera versión, más inverosímil, que sostiene que pudo
surgir de una hermandad pirata fundada en Las Tortugas, la hermandad de los
hijos de los botes o filiboat. En cualquier caso, se trataba de tipos sin
escrúpulos como sus anteriores colegas, pero tenían costumbres distintas, pues
esta nueva especie liquidaba rápidamente el botín conseguido para empezar de
nuevo la aventura del pillaje. Tenían a gala un lema: «Contamos con el día en
que vivimos y nunca con el que habremos de vivir». Belice fue un importante
refugio filibustero durante el siglo XVII. Aunque pertenecía a la Capitanía
General de Guatemala, los filibusteros encontraron fácil acomodo allí al estar
su costa resguardada por arrecifes y de difícil acceso a través del continente.
A partir del año 1697, parte de la piratería se trasladó a
América del Norte y parte al continente asiático, al mar Rojo y la costa de
Malabar, con su base de operaciones en la isla de Madagascar. En Asia, el nuevo
escenario es el mar de la India. El corso británico vuelve a tomar la patente y
surgen figuras como Avery y Kidd. En el Extremo Oriente persiste la actividad
de piratas portugueses, holandeses y británicos y sus andanzas visitan los
mares de la India, China, Japón, Malasia y Borneo.
En toda esta selva de piratería hay un personaje insólito
que representa el auténtico romanticismo pirata. El Capitán Misson, de
nacionalidad francesa, era un idealista, preocupado por la justicia, por
construir un estado utópico en alguna isla del Océano Índico. Se ha dicho de él
que es un equivalente al Quijote en el mundo de la piratería. Sus biógrafos
cuentan que siempre repartía equitativamente el botín entre su gente y que
dejaba en libertad al capitán de la nave apresada. Misson aparece sólo en la
obra de Charles Johnson, cuyo cuento de Misson no conviene con los datos
disponibles; por eso, la mayoría de los historiadores de la piratería
consideran a Misson un mito.
[editar]Edad Contemporánea
El fenómeno de la piratería ya estaba muy disminuido a
medida que los Estados podían fletar armadas nacionales sin recurrir a los
corsarios. Al mismo tiempo, la progresiva organización y fortificación de las
colonias y colonización de nuevas tierras como África cierra las posibilidades
a los buitres del mar de atacar posiciones en tierra.
Sin embargo, la piratería continúa existiendo.
[editar]Siglo XIX: las costas chilenas
Al producirse la guerra de independencia de Chile, los
habitantes del archipiélago de Chiloé tomaron partido por el bando realista y
se enfrentaron a los independentistas en el territorio continental. Además, a
partir de 1817, el gobernador de las islas, Antonio Quintanilla, le dio patente
de corso a Mateo Mainery y su bergantín General Quintanilla para que
hostilizaran a los mercantes chilenos. A principios de 1818 la independencia de
Chile estaba consolidada, pero Chiloé no pudo ser derrotado entonces y las
andanzas de corso contra los chilenos y la piratería contra barcos de otras
banderas se extendieron hasta 1824.
[editar]Siglo XIX: piratería en Estados Unidos
A partir de 1850 los piratas son aún más acosados con la
ayuda de adelantos técnicos y militares. Los ladrones del mar se ven
impotentes, sobre todo ante el avance de los medios de comunicación y el
aumento en el calibre y la precisión de las organizaciones defensivas.
En la América hispana se mezclan los idealistas,
contrabandistas, mercenarios y negreros y luchan al lado de los
independentistas que quieren liberarse de la Corona española. Actúan desde
Florida, donde los filibusteros estadounidenses acosan los barcos españoles.
Los historiadores ven en este proceder un antecedente para la guerra de Cuba.
Bandera de Florida. Desde esta península americana salieron
varias expediciones de filibusteros estadounidenses.
Los investigadores y analistas de la piratería señalan que
éste no es un asunto resuelto aún y que sigue actuando de maneras diversas.
A mediados del siglo XIX, una nueva ideología se une a las
anteriores compartidas en mayor o menor medida por los piratas. Es la Doctrina
del destino manifiesto invocado por el gobierno estadounidense. Siguiendo esta
doctrina, y teniendo en cuenta que la práctica totalidad de la superficie
continental estaba dominada y anexionada, América Central era el próximo
objetivo de los norteamericanos y el modelo era el Estado de Texas.
El caso texano consistió en inmigrar al territorio mexicano,
proclamarlo independiente en violación del juramento de lealtad al gobierno
mexicano, vencer al ejército mexicano (incluido el capítulo de la Batalla de El
Álamo profusamente mitificado por los estadounidenses) y, una vez obtenida la
plena soberanía, anexarlo a Estados Unidos. De acuerdo con Juan A. Sánchez
Giménez, éste resume: parece un maquiavélico plan bastante premeditado y en
cierto modo lo era.22
Siguiendo el éxito anterior, Estados Unidos pretendía crear
un imperio tropical, especialmente en los Estados del Sur, que formaría los
efímeros Estados Confederados de América. A este fin se prestaron hombres de
mar como John Quitman o Narciso López, de origen venezolano, que planearon
invadir Cuba, proclamarla independiente de España y unirse a la emergente
potencia mundial.
Personas como los citados volvieron a poner en uso el viejo
término de filibustero sin ninguna connotación peyorativa en aquella época.
Quizá el más famoso de todos aquellos filibusteros, pese a
su corta vida, sea William Walker, quien realizó tres expediciones para tomar
distintas partes de América Central.
En la primera de aquellas incursiones y a sus 28 años
conquistó La Paz, capital de la península de California, en 1853 con 45 hombres
y proclamó la República de la Baja California. Poco después la uniría a la
recién creada República de Sonora, proclamándose él como presidente. El
ejército mexicano lo derrotó y cruzó a Estados Unidos por la frontera. Fue
juzgado y en el jurado se puede apreciar la influencia de la Doctrina del
Destino Manifiesto, pues sólo tardaron un minuto en decidir que era inocente de
haber provocado una guerra ilegal.
En 1855 se lanza a la conquista de Nicaragua con sus 58
Inmortales, 170 nicaragüenses y 100 norteamericanos. Vence al ejército
nicaragüense el 1 de septiembre; pero en esta ocasión se muestra más prudente y
nombra como presidente a Patricio Rivas. Pero el resultado no dista mucho del
anterior, Nicaragua es invadida por 2.500 hombres de Costa Rica y Walker es
vencido en Santa Rosa y Rivas. Posteriormente se celebran elecciones, pero las
elecciones son amañadas por Walker y éste sale elegido.
Sin embargo, esta serie de acciones son vistas como
peligrosas por países centroamericanos al percibirlas como una amenaza para su
soberanía, y los ejércitos de Costa Rica y El Salvador lo derrotan y huye en
1857. En noviembre vuelve a ser juzgado en Estados Unidos y se vuelve a
apreciar la creencia estadounidense de estar en su derecho de querer anexionar
esas tierras, pues Walker es absuelto.
En su tercera expedición a Honduras en 1860 no tiene tanta
suerte y es capturado por Nowel Salman de la Marina Real Británica. Fue juzgado
en Honduras y fusilado ese mismo año.
Pese a ser acogido como un héroe en los Estados del Sur,
Walker actualmente es un olvidado en Estados Unidos, no así en Centroamérica,
donde las guerras contra él pueden ser, como indica Juan A. Sánchez Giménez, el
equivalente a las Guerras de la Independencia del resto de las ex-colonias
españolas que los pueblos de América Central no vivieron.22
[editar]Piratería en los siglos XX y XXI
El MV Sirius Star.
Durante el siglo XX, la piratería, ejercida de forma
sistemática, está concentrada a reductos del Tercer Mundo. Los países que, se
estima, albergan más piratas son Somalia, Indonesia y Malasia. En especial
alrededor de Asia y en particular en el estrecho de Malaca, un estrecho canal
entre estos dos últimos países y Malasia. En 2004, los gobiernos de éstos tres
países acordaron incrementar la protección de las naves que lo atravesaban.
En el siglo XXI, los ataques piratas se realizan con apoyo
del GPS y se dedican a robar las cámaras digitales y otros objetos de valor a
los turistas.20 Su zona de actuación siguen siendo las mismas que en el siglo
XX (sureste asiático, el Cuerno de África principalmente), donde los Estados no
tienen verdadera jurisdicción y, a veces, ni siquiera el poder para controlar a
sus fuerzas, ya sean de seguridad o armadas.
Los actos llamados de piratería para barcos de gran tonelaje
son muy escasos en el Atlántico, buena parte del Pacífico y de gran incidencia
en la costa oriental de África.23 Se pueden citar:
Lancha con piratas somalíes a bordo.
La piratería también afecta a las aguas de Somalia y Nigeria
y, en menor escala, en algunas costas de América del Sur.
Entre 1994 y 1995, Canadá y España mantuvieron una disputa,
llamada guerra del fletán, cuando la marina de guerra del primer país atrapó y
remolcó a uno de sus puertos a un pesquero de altura español cuando faenaba en
aguas internacionales. El gobierno canadiense acusó a los pescadores españoles
de expoliar el caladero de fletán negro. España consideró este apresamiento
como un acto de piratería, a lo que respondió con el envío de un patrullero de
altura de la Armada. Por su parte, Canadá amenazó con considerarlo un acto de
guerra y unos pescadores ingleses capturaron otro pesquero español e izaron en
él la bandera canadiense.
En 1995 varios barcos españoles apresaron un pesquero
francés por faenar con redes ilegales de un kilometraje superior al permitido.
Como en el caso anterior, Francia lo calificó como un acto de piratería.
En 2008 piratas somalíes capturaron, en el océano Índico, el
buque petrolero más grande jamás secuestrado: el Sirius Star, que transportaba
dos millones de barriles de petróleo a los Estados Unidos.23
Producto de los continuos actos de pirateria en la zona, la
Quinta Flota de los Estados Unidos desplegada en la zona anunció la creación de
una fuerza marítima multinacional denominada CTF-151 para enero de 2009 para
enfrentar dicha situación. En ella participarán 20 países y el área de
operaciones comprenderá el Golfo de Adén, el Mar Rojo, el Océano Índico y el
Mar Arábigo, ya que sólo en el 2008 se registraron alrededor de una centena de
naves atacadas en las cercanías de la costa de Somalia.24 Por su parte, los
piratas somalíes, autodenominados en un principio como «Guardia Costera
Voluntaria de Somalia», la mayoría pescadores, denuncian que los verdaderos
bandidos del mar son los pescadores clandestinos que saquean nuestros peces, en
clara alusión a los barcos pesqueros de países desarrollados, y recuerdan a su
vez, el grave problema de contaminación que sufren debido al vertido de
sustancias contaminantes (radioactivas entre ellas) que estos países realizan
en su litoral.25
En cambio, la piratería es un problema casi endémico en las
aguas del sureste asiático. Para luchar contra ella, Japón y otras naciones de
la zona realizan maniobras para entrenar a sus fuerzas en la lucha contra la
piratería y el rescate de embarcaciones, como la llevada a cabo a principios de
febrero de 2007.26
Asimismo, la piratería aérea ha tomado protagonismo en los
siglos XX y XXI.
Portada de La Isla del Tesoro en una edición de 1911.
[editar]Literatura y piratería
Tema de libros de aventura y poesía, la piratería ha tenido
una parte importante en la literatura. Sirvan de ejemplo:
La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson.
Capitán Blood, de Rafael Sabatini.
Sandokán, de Emilio Salgari.
El corsario negro, de Emilio Salgari.
La reina del Caribe, de Emilio Salgari.
En costas extrañas, de Tim Powers (Piratas del Caribe y
Monkey Island están basados en este libro).
Canción del pirata, de José de Espronceda.
El libro de los piratas, de Howard Pyle.
Vampiratas, una ola de terror, de Justin Somper.
La taza de oro, de John Steinbeck.
El pirata enmascarado, por Juan Carlos Riofrío Martínez-Villalba.
[editar]Piratas célebres
Categoría principal: Piratas.
Ilustración de Howard Pyle de unos piratas luchando por un
cofre del tesoro.
Anne Bonny
Mary Read
Jeireddín
Barbarroja
Roger de Flor
Barbanegra
Francis Drake
Pier
Gerlofs Donia
John
Oxenham
Thomas
Cavendish
John
Hawkins
Richard
Hawkins
Olivier de
Norh
Michel de
Grammont
Laurens de
Graff
Henry
Morgan
El Olonés
Hipólito
Bouchard
John
Clipperton
Jack el
Calicó (Jack Rackham)
Bartholomew
Roberts
Lope de Aguirre
Benito Soto Aboal
Walter
Raleigh
William
Walker
Willian
Dampier
William
Kidd
Roberto
Cofresí
Hendrick
Brouwer
Samuel
Bellamy
Edward
England
Louis
Michel Aury
Bartholomew
Sharpe
Thomas Tew
Wodes
Rogers
Mateo Mainery
Pirata enmascarado
Jacques de Sores
Amyas Preston
[editar]De ficción
Monkey D. Luffy
Jack
Sparrow
Gol D.
Roger
Barbablanca
Roronoa Zoro
Nami
Usopp
Sanji
Tony Tony Chopper
Nico Robin
Franky
Brook
Capitán Barbossa
Sandokán
Capitán Garfio
Capitán
Blood
Guybrush
Threepwood
LeChuck
John Silver
El Largo
Rackham el
Rojo
Davy Jones
Will Turner
El Corsario Negro
Elizabeth Swann
Shanks
Portgas D. Ace
Trafalgar Law
Donquixote Doflamingo
Boa Hancock
Silvers
Rayleigh
Dracule
Mihawk
Jewelry
Bonney
Basil
Hawkins
Eustass
Kidd
Barbanegra (One Piece)